es cierto, no escribo bien y tampoco tengo razón, las letras y la poesía han muerto pero también creo en la rencarnación

domingo, 12 de junio de 2016

a mon ami

Mon ami:

Que el vacío no reine tus días,
quizás si un poquito,
quizás si a las noches,
pero no inunde tu alma
el vientre resplandeciente,
la mente taciturna.

Rezando a un dios 
(que seguro ha muerto)
Unir las manos,
los recuerdos,
el cariño encubierto,
los besos del amor al mediodía

Que no reine nada en tu ser
que tu ser sea el reino
que en el infierno
también reconozcas el cielo
aún con el dolor,
pintes blanquísimos lienzos

No hundirse en el lago
No sucumbir ante la dulce
tentación de la anhedonia,
conmoción de lo intenso
plástico y efímero
porque sé

que en el pecho
laten tus miedos
pero también 
tus más asustados 
(e inigualables)
versos








miércoles, 8 de junio de 2016

Microrelato: Mirtha

Ya aflojaba un poquito el sol al atardecer. El barrio nunca había estado tan gris, y el cielo tan rosado, el sol en su afloje había teñido las nubes como si fueran estas un gusto de helado, pensó, crema del cielo con frutilla al agua, pensó. Caminó hasta el almacén de la esquina al lado de su compañera flaquísima y perruna. No tengo plata en los bolsillos, se acordó. Ya estaba entrando el sol casi en su totalidad y pensó en ir a dar una vuelta a la placita para que la choca jugara un rato. Tenía miedo de volver a casa porque sabía que si volvía se iba a recostar en el rojo sillón, y eso culminaría en una tremenda siesta y las siestas le daban miedo, porque si eso sucedía se quedaría dormida y tenía mucho mucho miedo de quedarse dormida. (Mucho). Paseó cabizbaja Mirtha por la plaza con su perra y con todo su frío, tarareó un par de milonguitas mientras pensaba en que había dejado de fumar, y no quería pensar en ir a comprar puchos otra vez, porque le hace mal, porque con lo que subieron los cigarrillos tiene que fumar Red Point y porque además odia el olor a cigarrillo barato pero le gusta tanto tantísimo fumar y el humo jugueteando con las manos y con las figuras, pero el olor es horrible, pensó. Igual nadie me espera en casa, pensó. 
El cielo ya no era de colores, el sol había amainado, y el frío y la perra y Mirtha ya no querían más plaza ni cielo ni pensar. Tomada esta unánime decisión, levantó sus piernas, su falda y los zapatos avejentados del banquito. Me gustaría estar con vos, pensó, pero prefiero no estarlo, pensó. 
Los minutos se le escapaban de a poquito de las manos y de la cabeza, y sin recordarlo ya estaba metiendo la llave en el portón para hacer entrar al animalito y ya se encontró peleando con los otros perros para que no se escaparan a la calle, porque mire si los pisa un auto, pensó. 
Al entrar en el diminuto recinto al que llamaba hogar, se sirvió una copa de vino (de una botella que yacía abierta hace varios días) Se sentó en el abominable sillón y dejó reposar sus cansadas y viejas piernas sobre el. Todo lo de adentro, se está derritiendo, pensó. No se cumplir promesas, pensó. Abrió despacito la vieja cartera para sacar el paquete casi terminado de cigarrillos. Qué mierda pasa, pensó. No quiero fumar más estos cigarrillos terribles, me gustaría recostarme en la cama, y no pensar ni en los atardeceres ni en las plazas y tampoco recordar que quiero dejar de fumar. Pensó. 
Revolvió entre los viejos cuadernos de italiano y las fotos de California, miró al trompetista, miró las imágenes de las calicatas del suelo, vió las fotos de sus antiguos amigos. Abrió el cuaderno dónde guardaba los recortes de revistas. Pensó otra vez en sus amigos. En las fotos, en las guitarras, en el río. Mirtha sabía que se acercaba la hora de la cena y realmente no le importó. Le corrieron un par de perlas dulces por el rostro, pero mucho no le importó. Prendió otro cigarrillo y se recostó. 
Volvió a ver las fotos, se acordó del amor, se acordó del dolor. Esta noche no voy a poder dormir, pensó. Bebió un poco de la copa y tembló. De alguna manera, siempre estás acá, pensó. Se acomodó la media y vió su envejecida mano, las uñas rojas despintadas. Se levantó en busca de un vaso de agua. Caminando se topó con el gran espejo. Miró su rostro. Los surcos bajo los ojos, el ceniciento pelo, hizo una mueca. Una sonrisa quizás. Tomó el vaso de agua. Todo su cuerpo volvió a temblar.
Casi como si ya estuviera más vieja. Casi como que sintió a la muerte acariciar su espalda.
Se hundió en la cama minutos después. Eran las once de la noche y era presente en su conciencia el saber que no iba a poder dormir. Era presente el saber que a la mañana tenía que hacer trámites. Tantas cosas le eran presente y ella se hundía tanto en el pasado. Acostada otra vez, mirando el techo. Ojalá que esto no dure un montón, pensó. Ya aflojaba un poquito el atardecer en su cabeza. Ya aflojaba un poquito el barrio en su cabeza. Ya amainaba un poquito el pesar de sus penas. No, esto no es enserio, pensó. No, no quiero pensar en el día de mañana, es mentira, pensó.
Se hundió en la cama esta vez. Prendió otro cigarrillo otra vez.
No se lo pudo fumar, esta vez.
Ya aflojaba un poquito la noche, se asomaba el sol a duras penas otra vez

lunes, 9 de mayo de 2016

adagio

Nihil est in intellectu, quod prius non fuerit in sensu




Me resulta simpático esta noche pensar en las ironías, me deleita quedarme horas en mi habitación recordando detalladamente cada momento en el que las situaciones me toman por sorpresa y me dan una lección. Una de mis favoritas consiste en aquella anécdota que involucra al sujeto con el que me cruzo desde hace casi un año por lo menos una vez al mes, caminando hacia el trabajo, paseando torpemente en mi trayectoria hacia el parque o también reiteradas veces en algún bar, Ni siquiera nos conocíamos formalmente, es decir, nos había presentado la total casualidad pero ni siquiera conocíamos el nombre del otro. Ya llegábamos a saludarnos por el simple hecho de conocernos los rostros, era una coincidencia espectacular de la que me encantaba jactarme, sobre todo, luego de lo sucedido hace ya un tiempo, en mi visita fugaz a Buenos Aires. Me encontraba yo entonces en una pequeñísima sala repleta de parejitas tomando vino barato en copas excéntricas, adolescentes eufóricos ensimismados y la banda sonando. Dirigía mi cuerpo hacia la puerta para encender un cigarrillo y fui sorprendida al encontrarme con aquel sujeto en el momento en el que giré la cabeza. Nos miramos pero no dijimos nada (puede ser que hayamos conversado algo, las miradas y los cigarrillos siempre tienen palabras de por medio) pero en realidad sabíamos que no habíamos dicho nada, que ya nada podíamos hacer frente a esa ironía de la vida, que ella nos estaba poniendo en evidencia algo que ya sabíamos de antemano, habíamos desafiado a las casualidades haciéndolas caer en alguna clase de trampa insulsa, teníamos en evidencia (o yo por lo menos tenía en evidencia) una primerísima verdad que había ignorado durante un gran tiempo. Ese mismo día dejé de creer en el azar ilusorio y comencé a comprender que mi vida (el mundo entero también) se regía por las causalidades. 
Otra actividad que suele resultarme simpática, es drásticamente opuesta a la anterior, es decir, consiste en sumergirme en un vórtice de impulsividad (este mismo rige últimamente mis días) mi divino hábito consta en no pensar, ni siquiera horas, minutos o incluso segundos las acciones que planeo emprender, si es que puedo llegar a planearlas, así como si nada surtiera efecto, careciendo de consideración para con las consecuencias, enumero las siguientes: tomo ocasionalmente colectivos que no sé con certeza si se dirigen a mi objetivo, cruzo imprudentemente las calles, bebo regocijada copas y copas de vino, y al parecer mi favorita o más reciente, se basa en las apabulladas llamadas telefónicas a altas horas de la madrugada. 
 Debido a mis imprudencias y actos anti-heroicos, es que me imagino que de una vez por todas las causas y todas sus consecuencias hicieron las valijas (probablemente debo haberlas ayudado) y emprendieron un viaje terrible hasta Buenos Aires, me tomaron de la mano, me pasearon por todas las calles y los edificios, durmieron al lado mío, me despertaron con la nuca helada, me golpearon la nariz y me hicieron apretar las muelas, todo eso engendraron para demostrarme inquietas que yo estaba en esa pequeñísima sala con toda esa pequeñísimas parejas y esos diminutos adolescentes, de una vez por todas, vislumbraba así que eramos todos chiquititos como el mundo, que por más de que viajara mil kilómetros lejos de mi hogar, el mundo, el país y la provincia eran lo suficientemente pequeños para cruzarme, por diversas razones, con el mismo sujeto que veía casi regularmente una vez por mes, no por casualidad, sino seguramente porque vivía cerca de mi trabajo, seguramente porque también a veces caminaba por la calle, y seguramente íbamos a los mismos bares porque oíamos la misma música o conocíamos casi a la misma gente. 
Y estábamos ambos ahí en Buenos Aires escuchando a la misma banda con los mismos amigos, con la misma gente, con las mismas ganas de fumar un cigarrillo, y eso no era casualidad, a trastienda de todo ese decorado espléndido, habíamos tomado un sinfín de decisiones que nos habían llevado a habitar ahora el mismo recinto diminuto. He aquí que desde aquel encuentro en la sala no lo he vuelto a ver ni siquiera una vez más. Me prometí, si es que volvemos a cruzarnos (ya no trabajo, ya casi no camino por el parque, y cada vez escucho menos música)  preguntarle su nombre.
Además de las ironías, y mis reflexiones, también me pareció simpático esta noche, tener en mente un cuento (pero preferí irme por las ramas y ser anecdótica y redundante) que acceder a a la idea de comenzar a escribir porque sólo tenía una amalgama enorme de letras y palabras y no sabría como amasarla y darle forma. Me parece simpático comenzar a comprender el hecho de que no se debe esperar a que las palabras se conciban por si solas con sentido y forma, esperar a que las palabras nazcan. Hay que cruzarlas, todas, para poder comenzar a concebir una trama, una luz o el recuerdo. No hay que llevar a las palabras a ningún lado, hay que esperar que, imperiosas y delicadas, nos lleven a nosotros. Entonces,  esta noche, dejo que me arrastren, que me saquen a pasear por los pasillos, que tomen poder, con o sin sentido, que me pongan en la cúspide de la pirámide y es así como con las palabras también, que me irrumpe el recuerdo y tu rostro y que nos abrazábamos y así entonces parecía que el mundo era por fin una masa verde y azul perfecta (se parece a las palabras) y completa en sentido, mirábamos el techo con esperanzas de que en él se viera algún gesto esperanzador y en ese viaje estábamos juntos, así de juntos como cuando caminábamos los bosques o tomábamos café en las plazas, nos mirábamos porque era mucho más entretenido mirarnos que tratar de entender por qué el mundo (y nosotros) nos hacía tanto daño. Mirábamos las palmeras y las casas con ojos de cámara y si teníamos suerte y había luz, las retratábamos y las grabábamos, en las retinas o en el haluro de plata, veíamos juntos las nubes desde arriba o el cielo inmenso desde abajo, todo eso que pasaba y se sentía y recuerdo entonces que sin darme cuenta así en la vorágine y en la impulsividad divina ahí estaba yo (la misma que cruzaba imprudentemente las calles, la que bebía las copas de vino, la que no pensaba ni un segundo, ni un minuto ni una hora) con la cara estampada frente al monitor, tratando de escribir sobre las causas (que bueno que el mundo es chiquito, que bueno que lo somos nosotros también) tratando confabular una especie de teoría del caos, y llevándola a cabo (si ponemos un huevo sobre una pirámide, sabemos que se va a caer, que el mismo se va a romper, pero no sabemos hacia dónde caerá) 
Y ahí están, ahora:  el mundo, chiquitito, las personitas como hormigas diminutas, también las causas, las películas, el haluro de plata, vos, yo, Buenos Aires, la razón y los sentidos. Los pongo ahora en el final del relato y arriba de la pirámide. Voy a pasar la noche esperando a ver hacia dónde caen. 


 Le Radeau de la Méduse - Théodore Géricault















domingo, 10 de abril de 2016

Es usted un desubicado, Vicente



Gris y sobriamente, amanece la lluvia en el umbral de tu puerta. Hace frío y siempre que hace frío también hay tiempo y soledades, como un delito menor del equinoccio. Bailé entre un millón de muertos para vengar tu olvido, (siempre supuse que vos harías lo mismo, pero no para vengar ningún olvido) Bailé y bailé y fui cuerpo y fui un montón. También supe que mi corazón no se encontró. Tenía la cabeza ululando a muchos miles de metros de dónde se movían ahí mis pies. Yo era la lluvia, también lo gris, y quizás en la mueca del rostro había algo de sombrío. Esperaba verte bailar, o por lo menos esperaba no volver por las lagunas tan sola. Bailé para vengar un ejército de tristezas y de repente me encontré en el marco de tu ventana, suspirando, inmóvil y punzante, yo era la lluvia, era un cactus en el borde de tu ventana. Sinceramente, comprobé que bailar no sirve para nada.
Pero si traté, con un ejército de lirios en las palabras, hacer del amor una danza finita,
/ quise hacer arte,
con todas las ganas que tengo de mirarte.

domingo, 3 de abril de 2016

todavía no puedo dejar de pensar en vos ni un segundo y pasaron 72 horas


Eminencia

I


tu cuerpo yace, todavía, en mi cama
lo reinvento como un fantasma
quiero decir, aún me mata

tu cuerpo está aquí y en todos lados
¿como borrar su huella, 
su tormento?
si aún en el pecho,
lo siento
te siento.

tu cuerpo ya no yace, 
ahora habita mis sueños

será que por fin

¿en ellos te tengo?


/no es más que mi sueño no es más que lo onírico luchando contra mi mundo tan real, y luchando sobre todo con esa sensación de que los fantasmas son a veces más hostiles que los recuerdos/

domingo, 20 de marzo de 2016

¿Quién me dijo que podía escribir cuentos?

Teníamos un patio inmenso, es decir, parecía un palacio todo verde y onírico, nos bebíamos tantísimos y también tintísimos, recuerdo también las fuentes ostentosas y los inmensos limoneros. Más que nada aún recuerdo la blanca bañera que se posaba bajo la sombra de una desafiante pero estética pared de mármol que se sostenía por si sola (sigo sin entender que falla del diseño arquitectónico nos llevo a esa extraña ubicación, pero ahí estaba ella) con sus impecables perillas de cristal con piedritas incrustadas ¡que barbaridad! - oía que exclamaban los transeúntes cuando pasaban junto a ella,
Debo decir que mis tardes ahí pasaba sumergida, mirando así el gigantísimo patio que la rodeaba. Fue así también que esa tarde decidí, casi dormida, ver el atardecer, si el sol me lo permitía (habíamos contemplado que pudiera verse desde la bañera el ángulo perfecto del crepúsculo) y fue así que desposeída de la lucidez después de una siesta, decidí hundirme en ella, y así queriendo apoyarme en las perillas para introducirme, caí torpemente dentro, quiero decir, estaba dentro de la bañera y todos los pedacitos de cristal y piedritas chiquitísimas estaban ahora no incrustadas en las brillantes perillas sino en mi lívida piel, y dentro del agua mientras atardecía, ahí yacía yo, embelesada por toda la gama de naranjas del cielo y lo gigante del palacio verde que atardecía, y los cristales y las piedritas en mis piernas y en los brazos y quise levantarme y también ahí estaban en mis manos ahora, ¿será también la sangre que ahora decora? al parecer estaba atrapada y al parecer había bebido tantísimo, sentía como las piedritas se quedaban en mi piel como para no irse jamás.
Convalecí quizás por un momento, al recuperarme casi no había sol, las piernas me ardían y el frío me abrazó. Me deslicé rápidamente por la blancura de la bañera (ahora estaba quizás un poco rosada, un poco naranja, ¡parecía el cielo!) y ahora estaba yo sobre el suelo, había salido y hacía frío. Me alejé lentamente de la bañera y de la pared y de los azulejos rotos. Miré mi piernas y las acomodé de tal forma que pudiera ver los cristales y las piedritas, y despacito me movía, las heridas eran grandes y brillantes, eran las piedras, y eran los cristales, con la mano de-a-po-qui-to empecé a hurgarme, a tratar de sacar de a pedacitos a los culpables, a los dolores tan brillantes, el ardor era implacable, debo decir que llegué a pensar que prefería el dolor de dejarlos en mi piel que de una vez removerlos para siempre.

Y así desde el ocaso hasta que pude remover, entre tantas otras cosas y entre tantos otros pesares, las incrustadísimas partes de todo eso que se había roto esa tarde y que estaba hundido en mi piel, casi sin quererlo, me encontraba desposeída de toda esa belleza pulcra y radiante, ahora estaban fuera, y quizás yo estaba más adentro.



Aert van der Neer


yo no se que sucede los Domingos, Claude


Si esta noche quisiera, realmente si esta noche pudiera, escribiría sobre los astros,
las estrellas, los planetas, sus soles. Realmente si esta noche fuera mía, haría de ella mi musa, la tocaría, la cantaría, eliminaría de ella todo lo siniestro, le abriría un pasaje, lo llenaría de gestos, si fuera mía prometo que serían más noches, serían más horas, ese pasaje abierto sería nuestro, 
haría que las flores inunden sus paredes, si es que la noche pudiera y si es que fuera mía, no es que realmente pueda, pero si que quiero, escribir unos versos, rezarle a la luna toda llena, tener algo mío, tener también algo nuestro, quiero escribir y que todo sea un puente, que me lleve y que me traiga desde lo que fuimos a lo que somos, cruzarlo así sin miedo, rezarle despacito con los ojos cerrados a algún dios cuerdo, cruzar ese puente todo inmenso y tan nuestro como si fuera esta noche, que realmente pudiera, cruzarlo con todos los astros y todas las estrellas, sostener el aliento y mirar atrás sin tormento, hacer equilibrio con-las-manos y sostenerme de las flores, de los lagos, de los cielos, 
Quiero escribir y quererte, que eso sean los cimientos de mi pasaje, de mi puente, de todos los días-que-no-se-puede-dormir y volver a traerte, hundirme el pasado en el pecho como cristales y que exploten para te-ner-te (un pretérito muy perfecto y un presente contundente) 
entregarme así al puente y de una vez por todas no temer-le